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Pacto de Fidelidad 2017

 Ef 2,4-22

Sal 39,2.4ab.7-10

 Ev. Jn 6,51-58

 

            Gracias, Señor, por habernos reunido en esta tarde de setiembre junto a tu imagen bendita del Milagro y la imagen de tu Madre, María del Milagro. Vamos a renovar el pacto de fidelidad que marca la huella de la historia y de la vida de este tu pueblo y de todos los peregrinos. ¡Todos somos tuyos, Tú eres nuestro!.

 

            Hemos caminado a lo largo de estos días de Milagro teniendo en el corazón y en los labios a todo el pueblo argentino, al mundo entero, y en particular a los jóvenes. Nos hemos visto envueltos por el amor profundo de tu Corazón que atrae en tu Iglesia a los hermanos peregrinos cuyo testimonio de fortaleza, de piedad y de amor nos desafía. Ellos son una llamada sonora y elocuente a un pueblo que busca la unidad y sufre las divisiones como una herida que parece resistirse a ser curada. Desafiados por tantos gestos de amor, y fascinados por el esplendor de una propuesta de unidad que se vive cuando respondemos a tu llamada y al calor amoroso de tu Madre, queremos reflexionar preparándonos para renovar nuestro compromiso. ¡Todos somos tuyos, Tú eres nuestro!

 

I

 

            ¿Qué nos divide? Tenemos una tierra bendecida por la abundante fecundidad en un amplio territorio. Tenemos una historia rica de vidas ofrendadas, de familias generosas, de argentinos audaces, serviciales, capaces de buscar el bien para todos y, convive con ella otra historia, la de los desencuentros cuyos frutos trajeron dolor y muerte y de los cuales debemos aprender para no repetir los errores que nos inmovilizan, empobrecen y destruyen.

 

            ¿Qué significa ser nación? ¿De quien es la Nación? ¿De quién es la Argentina? ¿De quién es la Patria? ¿De Moreno o de Saavedra? ¿De los unitarios o de los federales? ¿De los de un partido o de los de otro? ¿De los nacionalistas o de los liberales? ¿De los oficialistas o de los opositores?

 

            Recordé una imagen que Ernesto Sábato presenta en su Romance de la muerte de Juan Lavalle y que pusiera música nuestro admirado Eduardo Falú. Después de la muerte, para evitar que el cadáver fuera maltratado, los hombres de Lavalle, lo descarnan y “los huesos se envuelven en el poncho que alguna vez fue celeste, ahora es apenas un trapo sucio que no se sabe lo que representa, uno de esos símbolos de las pasiones humanas, celeste, colorado, que terminan por volver al color inmortal de la tierra, del color del destino último de los hombres, unitarios o federales”[1]. El poncho color tierra es un signo del hombre, de la persona humana, que es  la razón de ser de los pueblos, de las naciones, de los estados. Recordé entonces lo que Borges escribiera hace 51 años, con ocasión del sesquicentenario de la independencia nacional: “Nadie es la patria... La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo... Nadie es la patria, pero todos debemos ser dignos del antiguo juramento que prestaron aquellos caballeros de ser lo que ignoraban, argentinos, de ser lo que serían por el hecho de haber jurado en esa vieja casa. Nadie es la patria, pero todos lo somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso”[2].

 

            La pregunta sigue provocándonos. Con todos mis hermanos necesitamos mirarte  para encontrar en tu Corazón una respuesta. Y te contemplamos en el seno de María yendo a Belén para cumplir con las exigencias del censo, (Lc 2,1-5), niño en brazos y ya perseguido hasta tener que huir a Egipto (Mt 2,13-15), pagando el impuesto con Pedro (Mt 17,24-27), llorando sobre Jerusalén, tu ciudad, la ciudad de Dios, tu Padre porque no comprendió el mensaje de paz que eras Tú (Lc 19,41-42), subiendo al Calvario en medio del pueblo, de hermanos que te ayudaron, de otros que te rechazaron, de mujeres que te por Ti lloraron (Lc 23,36-32), abriendo tus brazos y muriendo en la Cruz en medio de ladrones (Lc 23,33-34.39-43), confiándonos a tu Madre (Jn 19,25-27), entregándonos, resucitado, tu Espíritu (Jn 20,22-23), invitándonos al perdón (id).

 

            Necesitamos mirarte con los ojos de Pedro, lavados por el llanto del arrepentimiento para entrar en tu Corazón como Juan y pensarte desde lo que nos acabas de decir en el texto de la Carta a los Efesios: “Tú, Cristo, eres nuestra paz” “Tú nos reúnes en un solo Pueblo”.

 

II

 

            La respuesta comienza a aflorar en nuestro interior: La Argentina está en el corazón de cada uno de nosotros, es de todos y es de nadie. Está, sobre todo, en el corazón de aquél que, vacío de sí mismo, es capaz de contener a todos los hombres, porque todos somos hombres, todos somos personas. La Argentina está en el corazón de aquél que es capaz de mirar y dejarse interpelar por los rostros de los necesitados, de aquél que vence la tentación de excluir, de etiquetar, de marginar y por ello puede afirmar frente al otro, a cualquiera: Tú eres mi hermano, porque “todo hombre es mi hermano”[3].

 

            La Argentina está en el corazón del niño que es acogido en su familia, respetado y amado, educado y contenido y está en el corazón de tantos niños que mendigan amor porque los acompaña el abandono irresponsable, la violencia familiar, el descuido injusto, cuando no el abuso destructor que surca su rostro con la tristeza que ya no lo abandona más.

 

            La Argentina está en el corazón de los jóvenes que estudian, que trabajan, que se esfuerzan por superar dificultades, que aman, que se proyectan para formar una familia, prolongar su existencia, hacerse responsables y está en tantos jóvenes sin ilusiones, que se juntan en las esquinas de nuestros barrios envueltos en el humo de su propia desesperanza o impotencia o en la evasión alienante de una negación que alimenta la violencia y el sin sentido. Jóvenes que piden ser mirados y amados, escuchados y aconsejados, tenidos en cuenta, simplemente, y estimulados para que descubran en ellos mismos el potencial para ser mejores.

 

            La Argentina está en el corazón de los matrimonios que audazmente emprenden la aventura de amar dando la vida, de trabajar con honestidad y esfuerzo por mejorar su condición de vida y legar a sus hijos un futuro mejor. La Argentina está también en el corazón de aquellas familias que necesitan una mano para no destruirse, para creer en la fuerza transformadora y fecunda del amor; está en el corazón de aquellas familias que confían  en medio de una esperanza tensa que lucha para llegar a fin de mes, para comer con dignidad, para conseguir salud, vivienda, trabajo. La Argentina está en el corazón de toda familia.

 

            La Argentina está en el corazón de los mayores que nos contienen con su sabiduría, de los ancianos que esperan nuestro respeto, nuestra consideración, nuestro reconocimiento. De los enfermos que nos conceden el privilegio de serles útiles, de acompañarlos en su dolor.

 

            La Argentina está en nuestros científicos y profesionales que, conscientes del don que han recibido, investigan con competencia y responsabilidad, trabajan con verdadero sentido de servicio y elevan la calidad de nuestra humanidad. La Argentina está en el corazón de nuestros maestros, que dan lo mejor de sí con alegría y vocación (pienso en mis maestras, en tantos maestros y docentes que conocí y que me animaron con su testimonio)

 

            La Argentina está en el corazón de nuestros trabajadores que, a lo largo de la jornada, con su esfuerzo permiten que el país progrese, que la tierra despliegue su fecundidad en el campo, que las empresas crezcan para ofrecer mejoras a la calidad de vida de los demás, que las ciudades sean acogedoras para las familias y para todos los habitantes, y está en el corazón de los que buscan trabajo con el temor y muchas veces la amenaza de no encontrarlo y de los que temen perderlo ennegreciendo su futuro.

 

            La Argentina está en el corazón de los empresarios que son coherentes con su vocación de ver en cada ocasión una oportunidad para ayudar a crecer a los demás, que son austeros en su estilo de vida, que velan por sus obreros y empleados, que no juegan en el mundo de la especulación financiera que paraliza la vida de los pueblos y convierte a los mismos en piezas de una ruleta implacable que sumerge en el subdesarrollo.

 

            La Argentina está en el corazón de los ciudadanos llamados a la vida política que recorren el camino del bien común luchando contra la mentira, el acomodo, el llegar a cualquier precio y el mantenerse a toda costa aún del bien común alimentando la corrupción que nos destruye y no nos deja crecer. Y está en el corazón de los funcionarios que son capaces de decir la verdad, decidir con prudencia y audacia, dar ejemplo de austeridad y fraternidad, mirar a los más  pobres y darles prioridad en el ejercicio del gobierno.

 

            La Argentina está en el corazón de los pobres que necesitan ser acompañados, animados, escuchados; que tienen una palabra que decirnos, un grito que viene de Dios y nos invita a no descuidarlos, a amarlos con preferente dedicación.

 

III

 

            La Argentina está en mi corazón, en el tuyo, hermano, hermana. La Argentina es una llamada, una provocación a crecer, a darnos, porque es una llamada a cultivar la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común, a vivir la libertad del amor que privilegia a los pobres y perdona al ofensor, que aborrece el odio y construye la paz, que cultiva la cultura del encuentro y abre su corazón a todos los hombres del mundo que quiera habitar y hacer más humano nuestro suelo bendito. La Argentina es una casa de puertas abiertas y de ventanas que dejan entrar el sol de la verdad.

 

            Porque la Nación nos llama a todos, juntos debemos construir un tiempo cada día mejor. Sólo el diálogo perseverante y respetuoso, fundado en la verdad y en la realidad que marca las posibilidades del camino nos permitirá seguir adelante, siempre adelante. ¡No nos clausuremos en nuestros propios intereses!

 

IV

 

            Queridos jóvenes: a ustedes les toca dar el paso que nos ayudará a todos a salir de cerrazones que nos enferman. Acojan con entusiasmo la novedad de Cristo. Con San Juan Pablo II me permito decirles: ¡Abran sus corazones a Cristo!.

 

            Cristo es el Evangelio eterno (Ap 14,6)... Su riqueza y su hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de novedad. Él renueva nuestra vida y nuestra comunidad, por eso la propuesta cristiana no envejece. Cultiven, desde Cristo, una memoria agradecida. Agradezcan a sus padres el don de la vida; y si tienen que recorrer el camino del perdón por abandonos y violencias no tengan miedo de recorrerlo[4].

 

            Corran el riesgo de saber encontrarse con el otro, con su cercanía, con su dolor y sus reclamos, con su alegría; cultiven el don de ustedes mismos, la conciencia de pertenecer a una comunidad, a la patria, a la humanidad. Apuesten al servicio y a la reconciliación, a la entrega y a la inclusión. Anímense a comenzar juntos un tiempo nuevo que preanuncie una patria nueva que no tolere desaparición alguna, ni de personas, ni de las leyes que deben cuidar a las personas, ni de instituciones que sirvan a las personas. Digan ¡No! a la mentira y a la violencia como estilo político, confíen en la fuerza de la paz.

 

            No tengan miedo a Cristo. Vivan la experiencia del encuentro con Él. Aprendan a ser ante sus ojos. ¡Sean sus amigos! Desde Cristo piensen su lugar en el mundo a partir de aquellas cuatro claves que el Papa Francisco nos dejó en su primera Exhortación Apostólica para construir la paz social y que vale para todos nosotros.

           

            Primero: El tiempo es superior al espacio: Aprendamos a trabajar a largo plazo, a ser pacientes; estudiemos, aprendamos a iniciar procesos y a recorrer caminos largos, como nuestros peregrinos[5].

 

            Segundo: La unidad prevalece sobre el conflicto. Sin ignorar las tensiones transformémoslas. Vamos más allá y miremos a las personas en su dignidad más profunda. Que la solidaridad sea nuestro modo de hacer historia. “Cristo es nuestra paz”[6].

 

            Tercero: La realidad es más importante que la idea. Aprendamos a descubrir y aceptar la realidad. Evitemos absolutizar lo relativo, no vivamos de relatos y declaraciones, no nos creamos perfectos.

 

            Cuarto: El todo es superior a la parte. Ampliemos la mirada para descubrir el bien que nos convoca, sin evasiones ni desarraigos. Hundidos y afirmados en nuestra historia sepamos cumplir nuestro deber diario. El horizonte de nuestra vida es hacer el bien a todos haciendo el bien al que está cerca de nosotros.

 

V 

 

            Hermanos todos. Miremos a Nuestra Señora del Milagro. Por unos instantes volvamos a ser niños. El mundo nada puede contra un niño que duerme en el pecho de su madre. Allí, entre sus manos que dejan la corona al pie de Su Hijo nos colocamos junto a su Corazón. Allí ponemos la educación de los niños de Salta. ¡Que no se les prive del derecho a una educación integral que incorpora la educación religiosa! ¿Por qué dar un paso atrás en un tiempo que clama por el entendimiento respetuoso, capaz de vencer fundamentalismos que se alimentan en el desconocimiento del otro?

            Desde el Corazón de Nuestra Señora del Milagro renacemos. Queremos, Señor, renovar el Pacto de Fidelidad.                                            Mario Cargnello, Arzobispo de Salta 



[1] ERNESTO SÁBATO, Sobre Héroes y Tumbas, capítulo Romance de la Muerte del General Lavalle

[2] JORGE LUIS BORGES, Oda a la Patria, 1966

[3] BEATO PABLO VI, Lema para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1972

[4] Cfr. FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, -a partir de ahora EG-, 11

[5] Cfr. EG 222-225

[6] Cfr. EG 226-230

 

 

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