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PACTO DE FIDELIDAD

15 de setiembre de 2016

1 Jn 4,7-21

Sal 135,1.23-24.10-15

Lc 10,25-37

 

 

Señor del Milagro: “¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?” (Lc 10,25)

 

Señor: ¿qué camino recorrer? ¿qué debemos hacer para vivir como personas dignas, para ser felices? ¿Cómo construir una nación fraterna, abierta, justa, equitativa? ¿Podemos empezar de nuevo en estos tiempos del bicentenario de la independencia de nuestra patria?

 

La respuesta del Señor del Milagro, con quien renovaremos en unos instantes el ya secular pacto de fidelidad es la que escuchamos proclamar en el Evangelio: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27).

 

Avanzamos también nosotros con otra pregunta: En nuestros tiempos, ¿quién es mi prójimo? ¿quién es nuestro prójimo?.

 

Y Jesús nos responde: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones” (Lc 10,30). Un hombre, el hombre, todo hombre que sufre cualquier necesidad. Un hombre, el que está a nuestro lado, el que habita nuestra casa común, este mundo hermoso y dramático, y también el hombre que lo habitará después, porque todo hombre es mi hermano.

 

Avanza el Señor en su respuesta proponiéndonos Él la pregunta decisiva: “¿Quién se portó como prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?” Y nos indica: “Ve, y procede de la misma manera” (Lc 10,36-37).

 

Hacerse prójimo del otro. He aquí el desafío de la hora. Se trata de asumir en serio el mandato de Jesús: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6,36)

 

El Papa Francisco nos lo recuerda: “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona... Es determinante para ella, y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia”[1].

 

Ante las imágenes queridísimas del Señor y de la Virgen del Milagro, en esta hora solemne, reflexionemos sobre tres interrogantes que nos invitan a hacernos prójimos e interpelan a la Iglesia de Jesús en esta hora:

 

¿Cómo vivir  el regalo divino de la Misericordia?

¿Cómo traducirla en la vida de nuestra patria?

¿Cómo hacerlo en un estilo eucarístico que nos conduzca por los senderos de la santidad?

I

 

La misericordia del Señor

 

El Milagro nos invita a dejarnos abrazar por la  misericordia de Dios. Nos lo recuerda el himno al Señor: “Por largo camino que amparó el Milagro, por mares y montes llegaste a este suelo, con tu amor buscando el amor de un pueblo”.

 

            En Jesús, rostro visible del Padre de la Misericordia, descubrimos al Buen Samaritano, al Dios prójimo, al Padre que me incorpora a su familia y me da la oportunidad de comenzar cada día. Delante de Jesús, y por la fuerza del Espíritu Santo, nos identificamos con Pablo y con él podemos decir: “Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio, a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias... Pero fui tratado con misericordia... Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia” (1 Tm 1,12-13.15.16).

 

            Delante de Jesús el reconocimiento de nuestra miseria nos libera y nos hace descubrir que Él venda nuestras heridas, nos carga, nos coloca sobre su propia montura, y nos lleva al albergue de su Iglesia para que ella nos cuide. Delante de Jesús, la aceptación de la verdad de nuestra miseria nos dignifica con el abrazo del amor misericordioso. “Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él” (1 Jn 4,9).

 

            Encontrarnos con el Dios Padre de las Misericordias es poder mirar el presente con actitud responsable y proactiva lanzándonos hacia el futuro con esperanza, porque Él, el Padre, nos ha considerado dignos de confianza. Encontrarnos con Jesús, el Buen Samaritano, nos impulsa, como a Pablo, a lanzarnos hacia delante y correr hacia la meta, siguiendo el camino trazado por el Maestro (cfr Fil 3,13.14.16); dejarnos encontrar por el Espíritu es vivir la comunión en la Iglesia, crecer como familia, recorrer el camino interior trazado por Jesús: “No juzguen... no condenen... perdonen... den” (Cfr. Lc 6,37-38). Delante del Dios que es familia nos dejamos invadir por la audacia de la Virgen, que en el origen del Milagro es capaz de decirle a Jesús: “Perdona a este pueblo, si no aquí te dejo  la corona”

 

            Aceptar y vivir el regalo de la misericordia significa recorrer el camino que nos lleva, desde el sacramento de la Reconciliación, a una verdadera transformación interior hasta convertirnos en hombres nuevos.

 

 

II

La misericordia transforma las relaciones humanas

 

            En este año del bicentenario de la independencia de nuestra patria cada uno de nosotros experimenta la necesidad de comprometerse como ciudadano para construir cada día la casa común. Una casa que nos incluya, que tenga el calor del hogar y el olor y el gusto de la vida familiar. Señalaban los obispos de la Argentina, que para ser constructores de la casa común es necesario pasar continuamente de ser una multitud a ser un pueblo.

 

            En la multitud queda borrada la persona y se oculta su verdadera identidad. En la multitud disimulamos, escondemos lo que somos y lo que llevamos dentro, nos ignoramos, nos hacemos indiferentes, sólo nos interesa lo nuestro, lo mío. Convertirnos en pueblo es, por el contrario, compartir valores y proyectos que conforman un ideal de vida y de convivencia. Es exponerse. descubrirse, comunicarse y encontrarse, dejando circular la vida, la simpatía, la ternura y el calor humano[2]. Convertirnos en pueblo es transitar el camino del diálogo respetuoso y sincero que acorta distancias y tiende puentes. Se trata de recorrer, como pueblo, el camino de la misericordia, el camino que va del temor al amor.

 

            Ser misericordiosos como el Padre traza un programa de vida que nos llama a mirar al hermano y descubrir los sufrimientos que existen a nuestro alrededor; a vendar las heridas de los que se han debilitado hasta perder la voz. El Papa Francisco nos urge: “No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio”[3].

 

            El camino de la misericordia recibida hacia la misericordia compartida nos exige a todos. Compromete a los esposos a amar a su cónyuge y a sus hijos sabiendo caminar con el otro y animándose diariamente a descender de la cabalgadura de su propio proyecto para compartir y crecer juntos. Urge a cada matrimonio y a cada familia a anunciar la alegría del amor y de la vida aún en medio de las dificultades, confiando en la fuerza poderosa del perdón y de la paciencia.

 

El camino de la misericordia desafía al mundo de la educación: a directivos, docentes,  al  personal que trabaja en diferentes tareas para hacernos cargos de los niños y jóvenes que muchas veces yacen postrados a la vera del camino golpeados por la falta de perspectivas de futuro en una sociedad cerrada y egoísta.

 

El camino de la misericordia provoca a los profesionales a descubrir el don que han recibido de un país que apuesta por ellos y tiene derecho a esperar un servicio que mire el bien de los demás y no haga del lucro personal un ídolo.

 

 El camino de la misericordia urge a los empresarios a pensar su vocación de administradores de talentos recibidos por Dios para favorecer el desarrollo de todos con el compromiso por una economía al servicio del hombre y no de la especulación financiera que mata a tantos pobres.

 

El camino creativo de la misericordia invita a los trabajadores a descubrirse artífices de un mundo nuevo con su servicio honesto, solidario, responsable.

 

El camino de la misericordia desafía a los hombres y mujeres de la cultura a pensar un mundo más humano, abierto, inclusivo, respetuoso de la libertad y de la dignidad del hombre.

 

El camino transformador de la misericordia compromete a los funcionarios públicos y a los hombres de la política a sacrificar sus vidas en el servicio al bien común que hoy tiene el rostro de una nación que debe crecer en justicia, transparencia y equidad; tiene el rostro de los pobres, de los niños sin hogar, de los jóvenes sin esperanzas.

 

 El camino de la misericordia es un llamado para ustedes, queridos jóvenes, a no dejarse vencer por la vejez de un mundo que los inmola en un clima tóxico de disimuladas pero efectivas esclavitudes en las adicciones que esclavizan, en un libertinaje sin destino ni futuro, en un exitismo sin consistencia ni proyecto.

 

 El camino de la misericordia nos compromete a nosotros, obispos, sacerdotes, religiosos, a entregar la vida por testimoniar a Cristo, el Rostro visible del Padre de las Misericordias, superando aburguesamientos y mediocridades, malos tratos y egoísmos y creciendo en dedicación a los hermanos con entrega y amabilidad.

 

 El camino de la misericordia es el camino de los desafíos que se renuevan porque ofrecen al hermano la oportunidad de empezar de nuevo, como el Señor nos la da a nosotros cada día. Este es el camino para construir la casa común. Recorrámoslo.

 

            Porque no construimos la común cuando cedemos a la tentación de la corrupción , llaga putrefacta de la sociedad, pecado que clama al cielo, ácido que corroe y destruye los fundamentos de la vida personal y social. Con valentía nos recuerda Francisco que la corrupción “impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos”[4].

 

            No construimos la casa común cuando favorecemos de alguna manera al flagelo del narcotráfico que se va haciendo endémico en nuestra patria y tiende a corromperlo todo. Permítanme expresar la solidaridad de la Iglesia con tantos jóvenes que intentan superar sus adicciones, con tantas familias que sufren muchísimo a causa de este verdadero cáncer que tanto mal nos hace.

 

            No construye la casa común los que se dedican a la trata de personas y a la explotación laboral y sexual de las mismas. No construye la casa común el que favorece el tráfico de armas, el que alimenta la violencia contra la mujer, el que acumula dinero alimentando la avaricia y destruyendo a los más necesitados. Cuidémonos de una lacra que está creciendo entre nosotros, la de los usureros que se aprovechan de los pobres que no llegan al día treinta del mes y prestan dinero a tasas usurarias mutilando esperanzas. A todos ellos los invitamos a dejarse mirar por los ojos misericordiosos de Jesucristo en la Cruz. Abran su corazón a la misericordia de Dios!

 

III

La Eucaristía, escuela de misericordia y manantial de la santidad

 

            En encuentro con Jesucristo alcanza en la Eucaristía la máxima profundidad. Allí el Señor se convierte en manantial de vida nueva, en maestro de misericordia, en fuente de fraternidad. Allí aprendemos, como comunidad cristiana, a derribar barreras, a entregar nuestras vidas, a renovar nuestra sociedad.

 

            La Iglesia ha dicho su palabra más fuerte a nuestra patria en el Congreso Eucarístico Nacional que celebramos en Tucumán el pasado mes de junio en el clima del bicentenario de la independencia nacional. Las dificultades de la hora presente no son mas fuertes que el amor de Dios. La riqueza más segura de la Argentina son los argentinos, aunque debamos vencer ciertos vicios que nos caracterizan, como el orgullo o la avivada, cada uno de los habitantes de nuestra patria  es la riqueza de la misma, siempre abierta a toda la humanidad.

 

            La Eucaristía, que palpita en el centro de cada una de nuestras parroquias, capillas y centros pastorales reuniendo a los cristianos en torno a la Palabra de Dios y a la presencia del Resucitado que se hace pan, será siempre el hogar que reúne y fortalece enviándonos a transformar nuestra patria y nuestro mundo. En el estilo de la Pascua de Jesús aprendemos a ser familia, a ser libres, a ser hermanos de todos, a perdonar, a ser misericordiosos. Sea fruto del Milagro de la misericordia una conciencia renovada del domingo como día de la familia, de la caridad, de la Eucaristía. Sea fruto del Milagro de la misericordia un compromiso real con esta Argentina que espera de nosotros, sus ciudadanos, la mano amiga tendida a todos los argentinos y a todos los que nos quieran acompañar. Sea un regalo de nuestra Madre del Milagro la certeza de un amor cercano, el amor de Madre que nos desarma de prejuicios para darnos la oportunidad de vivir dejando vivir y ayudando a vivir mejor a los demás.

 

            Dos grandes hermanos argentinos se han convertido en llamada y desafío: María Antonia de la Paz y Figueroa, la Mama Antula, beatificada el pasado 27 de agosto en Santiago del Estero: laica, mujer, fuerte, entregada y el Beato Cura Gabriel del Rosario Brochero, que será canonizado en Roma por el Papa Francisco el próximo 16 de octubre. Cura que entró en el corazón y en la vida de los hombres y mujeres del oeste cordobés hasta convertirse en una luz diáfana que ilumina la vida de nuestra patria. Que la Iglesia en la Argentina se alegre. Ellos dieron todo de sí, y las dificultades no pudieron con su amor. Hoy, nos desafían a nosotros a ser fuertes y a apostar por lo mismo.

 

            El sol está por ponerse detrás de nuestros cerros. Mañana surgirá de nuevo acompañándonos en nuestro volver a comenzar. Mientras la luna saldrá a mirarnos, envidiosa quizás, de ver este río de amor que manifiesta la preferencia de Dios.

 

            Hagamos, pues, nuestro pacto de fidelidad.

 

                                                                                                Mario Cargnello, arzobispo de Salta.

 

 

           



[1] FRANCISCO, Bula Misericordiae Vultus, 12 –a partir de ahora MV-.

[2] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, El Bicentenario, tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos, mayo 2016, nn 22-23-

[3] MV 15.

[4] MV N° 19

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