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13 de setiembre SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

13 de Septiembre de 2018

 

HOMILÍA

Vengo como peregrino, a los pies del Señor y de la Virgen del Milagro. Cumpliendo un deseo de mi corazón largamente anhelado.

Gracias Mons. Mario Cargnelo, por su cordial acogida. Gracias pueblo de Salta por permitirme ser uno más, junto a ustedes, a los pies del Señor y de su Madre.

Nuevamente, gracias por el privilegio no merecido de permitirme presidir esta Eucaristía tan importante.

 

Permítanme hacer una breve reseña de lo que le visto y voy viviendo junto a ustedes.

He visto un Pueblo de Dios que reza. Que celebra. Que renueva su pacto de fidelidad.

Que reza en serio. Desde sus entrañas. Desde su rica historia.

En una cadencia de oración que crece día a día esperando ansiosa el culmen de la fiesta.

Familias, niños, jóvenes, ancianos, enfermos, consagrados, sacerdotes. Que saben hacer silencio en profunda oración. Familias que desde su más tierna infancia enseñan y transmiten a sus hijos la fe. Jóvenes que, dejando sus cosas, con la novena en la mano, disponen de este tiempo para Dios y una vez más, alimentan su fe. Renuevan su esperanza…

Pueblo de Salta te convertiste para nosotros en maestro y testigo de la fe.

Y permítanme una apreciación más de una verdadera novedad que podido ver estos días en este santo lugar.

Hace tiempo que no para de llamarme la atención el lugar que ocupa en nuestras vidas, este elemento que ya casi parece parte de nuestro cuerpo, al que llamamos celular.

Miren por la calle, colectivos, en las casas, en el trabajo…, en todas partes, todos parecemos autómatas mirando este pequeño aparatito. Todos atentos a él. Todos teniéndolo en la mano, visiblemente, frente a todos. Y muchas veces me pregunto: cuando será que a Dios, le demos tanta importancia y le dediquemos tanto tiempo como lo hacemos con nuestros celulares.

Y la grata sorpresa que he podido observar aquí, y nunca he visto en otro lado…, muchos…, por no decir todos…, no con el celular en la mano… sino con la NOVENA. Con ese pequeño librito que les hace dejar todo por un momento para ponerse en oración con Dios. No sé si se dan cuenta del buen testimonio que están dando con ese pequeño gesto. Y lo hacen todos por igual. Jóvenes y viejos. Grandes y pequeños. Hombres y mujeres. No temen manifestar su fe. La viven y la expresan públicamente, quizá sin ser conscientes de ello, desde la profundidad de sus corazones.

Y eso también es escuchar atentos la Palabra, para luego llevarla también a las obras.

Gracias por ese hermoso testimonio que nos dan y quizá no se dan cuenta.

Volviendo al Evangelio de hoy, escuchamos en la proclamación de la Palabra:

Feliz el seno que te llevo y los pechos que te amamantaron”, dijo una voz, de entre la multitud.

Es el reconocimiento humano del privilegio que tuvo la Virgen María. Cuántos hubiéramos deseado haber tenido oportunidad semejante o cercana a estar junto a Jesús. Lo cual no deja de ser tan solo una mera ilusión.

Sin embargo, en seguida, de labios del mismo Jesús se escucha su respuesta a esa aclamación. Una enseñanza para todos nosotros:

Felices más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican

Ese reconocimiento a su Madre nos marca un camino a seguir. Mirándola a ella. Aprendiendo de María. Su grandeza, justamente ha sido su docilidad a la Palabra. Ha sabido escucharla y atestiguan las Escrituras que no siempre comprendía bien lo que sucedía…, pero… aún así, las guardaba en su corazón.

Mujer de Fe. Mujer del Sí. Mujer que supo contemplar. Madre y maestra de todo ello.

Sin declamaciones. Sin imposiciones. Sin violencia. Con docilidad. Con fidelidad en la entrega a pesar del dolor que le toque vivir. Con la espada de dolor que atravesó su corazón.

María ha escuchado la Palabra… y respondió diciendo SÍ al llamado del ángel. Ha escuchado la Palabra al contemplar el Misterio del Pesebre y dar calor, alimento y protección a su Hijo. El Dios hecho hombre, manifestado en la mayor pequeñez de la humanidad de un frágil niño. María escucha y responde con rapidez y eficacia al resguardar a Jesús, junto a José, en el desierto, cuando peligraba su frágil vida. María ha escuchado la Palabra cuando no entendía las acciones de su Hijo perdido y hallado en el Templo.

Finalmente, María, al pie de la cruz escuchó la Palabra de su Hijo, al nombrarla como madre de todos los cristianos cuando dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Y éste, desde ese momento la recibió como suya.

 

Hoy nosotros la recibimos como nuestra.

Nuestra Madre del Milagro.

Presente en el corazón de cada habitante de Salta y en el de muchos argentinos.

María que se hizo parte de la historia de este pueblo, al ser sacudida por el terremoto y al quedar desplazada por el temblor y quedar de pie, orante…, frente al Sagrario.

Desde aquel entonces ha quedado ligada para siempre a su pueblo.

Unida a su Hijo Jesucristo que desde la Cruz nos ha salvado y nos sigue dispensando su amor como en aquel primer milagro.

Eso ha sabido ver el pueblo salteño y no solo perdura en el tiempo, sino que año a año, renueva, pueblo y Señor, este maravilloso pacto de misericordia y amor.

Y aquí encontramos a María a quien hoy celebramos y proclamamos FELIZ, como ella misma lo había anunciado reconociendo que el Señor hizo en ella grandes cosas, a partir de su pequeñez.

Este encuentro esta basado en el reconocimiento de la propia miseria y en ella el reconocimiento de del Dios vivo y fiel que nos ha amado, hasta el supremo acto de dar la vida por nosotros, pero justamente, porque somos pecadores y necesitamos de su Gracia, Misericordia y Redención.

Si miramos hacia atrás, lo que ha sucedido en nuestro pueblo argentino en este último tiempo y lo que viene sucediendo con el trato hacia la Iglesia, podemos reconocer con facilidad que no son tiempos fáciles y que muchas agresiones para con nosotros, como miembros de la Iglesia. Con una lluvia de acusaciones muchas veces ciertas y otras tantas con cargada intencional manipulación.

Debemos reconocer que si hay persecución y hay cruz tendremos certeza de estar transitando un mismo camino que ya ha recorrido Jesús y la Iglesia a lo largo de toda su historia. Y debemos seguir sus pasos, con fidelidad en la entrega.

Nuestra misión es ser testigos. Y testigos fieles.

Somos llamados por Dios a anunciar la Buena Noticia al mundo. La Salvación que Dios nos ha dado por medio de su Hijo. Y este llamado nos sostiene y nos invita a una respuesta fiel.

El pacto de fidelidad, es un acto de misericordia, de arrepentimiento por los pecados cometidos y de perdón de Dios que levanta, asume y nos impulsa a seguir caminando.

Que este sea el mensaje que el pueblo de Salta da a toda la Iglesia. Diciendo:

Aquí estamos…!

Nos ponemos en tus manos Señor…! Sostenidos por la fe y por tu Gracia.

Junto a María, que nos lleva a su Hijo.

Que María nuestra tierna Madre del Milagro, acoja nuestras súplicas y siga protegiendo a este pueblo…, a nuestras familias. Que esta profunda y viva tradición que renovamos este año, nos sostenga y fortalezca en nuestras realidades cotidianas, para que al volver a ellas, en la cruz que nos ha tocado llevar, descubramos el valor redentor de la misma, al estar unidos a Jesús.

 

 

+ Mons. Gabriel Bernardo Barba

Obispo de Gregorio de Laferrere.

 



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